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martes, 19 de noviembre de 2013

Origen y desenlace

¿Cómo vamos a ser capaces de hablar del amor sin conocer su origen? ¿Cómo vamos a admirarlo siendo lo que es? ¿Dónde se originó? ¿Qué es el amor? ¿Qué representaba? Empecemos. El origen del amor se halla en el siglo XII. Es un invento de los trovadores y poetas de la época, que fue puliendo su significado poco a poco. El amor, el significado origen, la realidad escondida, el motivo de su creación, es la apología del machismo camuflada de una forma excepcional. Mediante el protagonismo activo de la mujer en él ha sido defendido por todos cuando no se trataba de otra cosa más que de la marginación y el mantenimiento de la inferioridad femenina, que siempre se ha visto obligada a mantener su papel secundario por eso mismo, por amor. La esclavitud voluntaria. La denigración a conciencia. Ese es el verdadero amor, el origen, el comienzo. La alteración de este significado se ha visto propuesto por la evolución de la cultura: literatura, cine y sociedad. Pero, ¿realmente ha evolucionado este concepto? Tal vez, desde la sombra, sigue actuando rebajando el rango mediante el sexismo con el que fue forjado. El amor ha llegado a nosotros de una forma didáctica, y eso es innegable. Antes de habernos “enamorado” por nosotros mismos hemos sido adoctrinados mediante cuentos, películas, novelas… Lo hemos defendido con uñas y dientes, y hemos imitado, desde nuestros recursos, lo que los grandes románticos dictaban. No hemos muerto por amor pero sí hemos sido capaces de situarlo por encima de cosas primordiales. ¿Y por qué? ¿Realmente es algo racional? Inconscientemente hemos introducido en nosotros la necesidad, más que de enamorarnos, de encontrar un compañero que nos acompañe durante nuestra vida, porque la soledad es impensable. Nos mirarán por encima del hombro si somos mujeres de provecho pero solteronas, ¿o no? Esto se demuestra mediante el irracional miedo que emana de nosotros cuando vemos un futuro sin alguien a nuestro lado que sea capaz de sacarnos las castañas del fuego. El matrimonio ha acabado por ser la prostitución de la mujer, una salvación a su ineptitud. La entrega de su tiempo, capacidades y cuerpo a cambio de dinero indirecto en forma de ingresos y hogar. Ha sido así durante siglos, incluso hoy en día se mantiene, si bien no siempre, en muchos casos.
Hoy, tras casi un año en el exilio, me he atrevido a volver a hablar de amor, pero de un amor diferente e inusual. Un amor realmente igualitario. Una locura. El error del amor radica en pensar que la otra persona es de nuestra propiedad. De prohibir o controlar su ambiente y personalidad, sus relaciones. Los seres humanos parecen ser incapaces de entender que lo único que podemos considerar “nuestro” son los sentimientos de esa persona hacia nosotros, y nada más. En lo que debemos influir. Si ofrecemos esa libertad y nos centramos en lo único que nos pertenece tomamos un cambio. Ambas personas se encontrarán  en una estabilidad jerárquica y podremos disponernos a eliminar cualquier rastro que lleve, escondido, atrapado en su nombre. Lo que se pretende conseguir mediante esto es  que esa parte que podríamos decir, nos pertenece, vaya acrecentándose poco a poco por la voluntad de la otra persona hasta llegar a un punto en el que no sea necesario reclamar una “fidelidad única” porque esa lealtad mostrada hacia aquello que nos concierne ha llevado a cabo que cada vez nos corresponda una parte más ingente. Entonces ya lo tenemos, ¿o no? Eso es lo que pretendo, llegar a un punto en el cual nadie se atreva a exigir nada simplemente porque ya no sea necesario. Algo que, aunque no me guste llamarlo amor, podamos llegar a considerar un conjunto de cariño, afecto, ternura, apego y pasión. Me gusta creer que pasamos a ser algo similar a una afición más intensa, y viceversa. Y solo así podemos sacar todo lo posible de la “media naranja” sin necesidad de exprimirla hasta que la última gota nos dé en la cara.

martes, 12 de noviembre de 2013

La iglesia no es religión.

Con el permiso de Karl Marx, filósofo intelectual y militante comunista alemán judío, tomamos como anafórica una de las tantas frases que lo identifican. “La religión es el opio del pueblo”. Tan sencillo como eso. Religión, para algunos no más que una asignatura impuesta, supuestamente, por influencia social e histórica, para otros una acérrima creencia que los ciega hasta límites insospechables. Pero hay otro grupo, otro en el cual este sistema provoca un irrisorio desmesurado, y no, no hablo de esas personas que rechazan y condenan estos dogmas, sino los propios creadores de tal contrariedad. Si nos ponemos tolerables, podemos empatizar con esas personas, que haciendo alarde de su deficiencia, ciegamente tienden sus manos a la religión y a Dios, ya que la sociedad está todavía muy lejos de abandonar esos arcaicos mitos que en su día devolvieron la fe a la humanidad. El problema de la religión no es otro que la iglesia. Tarde o temprano los religiosos se ven obligados a recurrir a este negocio, pues algo que mueve una estimación de, y digo estimación ya que no podemos creer ciegamente todo lo que los medios nos cuentan, 32 millones de euros al año, provenientes de las arcas públicas, no tiene otro nombre que negocio. Ante una sociedad carente de educación y firmes teorías científicas que resolvieran los porqués que en su día otorgaba la situación, un grupo de personas buscó el firme apoyo que un ser místico e irreal podía estipular. Es incongruente culpar al pueblo por favorecer ésto cuando es evidente que era necesario elidir responsabilidades y, a la vez, responder esas cuestiones que los atormentaban debido a, como hemos recalcado anteriormente, una falta de conocimientos. La religión, vista desde un punto más simple, no pretendía más que conseguir una sociedad mejor. Aspectos tolerables los cuales condenaban tendencias tales como robar, matar, y un largo etcétera. Pero hoy en día no tenemos más que hipocresía. Hipocresía que aquello que un día defendía un comportamiento honrado sea ahora el cual rechace, aisle y denigre a las personas que, hartas de la farsa en la que se ha convertido, se desliguen de estos principios. La iglesia no es más que la satírica manipulación de lo que en su día fueron honestos principios, para conseguir el beneficio propio. El extremismo máximo y la descontextualización de la palabra de la biblia. La clara y presente denigración de la mujer que, aunque no de forma explícita en un principio, ha sido llevada hasta los confines más rebuscados con un único fin: dominio. No puedo permitir mi credibilidad ante algo que, para empezar, me desprestigia como autoridad por mi sexo. De un ámbito afable y armonioso desembocamos en toda su contrariedad. Como inadmisible me atrevo a considerar que tengamos que quitarnos el pan de la mesa para sustentar algo que, en principio, era dominado por un líder que andaba en sandalias y duplicaba el pan y los peces para dar de comer al pueblo. Es irónico que personas se vean obligadas a recurrir a comedores sociales en parroquias porque su dinero esté empleándose en los bolsillos de una iglesia corrupta. Y si, podemos decir que el alimentos que éstas parroquias ofrecen sale de éste dinero público, pero ¿cuánto dinero es necesario para acoger a estas personas? Y aún más importante ¿cuánto es empleado para actos innecesarios que no buscan más que la propia riqueza? Pero la corrupción de esta identidad es tan evidente y contraria a los principios fundadores que no es necesario esforzarse demasiado en su demostración. La arcaica mentalidad ignorante sigue potenciando estos deleznables actos ante nuestras narices. Nos morimos de hambre mientras lamentamos desgracias tercermundistas porque no tenemos medios para sustentarlas, y mientras tanto la iglesia rebosa en medios que emplea para otros fines; fines individuales. Se nos implantan los que deberían de ser sus quehaceres. En mis 18 años de vida he oído desde los ya conocidos “¡Respeta mi opinión!” a amenazas insostenibles tales como “¡Dios te castigará e irás al infierno!” He aquí otro ejemplo más de hipocresía en la cual se pide respeto pero a su vez se niega. Una simple y mera opinión desde los ojos de una persona que ha visto muy poco debido a su corta edad, pero que se atreve a prescindir de los gastos y dogmas irrespetuosos que 2.000 años llevan torturándonos para alardear de una superioridad concedida por nadie pero inexpugnable por el mismo número de personas.
Lucía Berenguer Verdú