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Donde el viento me lleve, Spain

miércoles, 25 de noviembre de 2015

25 de noviembre

Así es como la triste doncella ofrecía en la mano el alimento al hambriento, que clamaba a gritos por calmar su gula. Comía y comía hasta saciar su apetito y, no contento con haber agotado cualquier triza de la vida que brotaba de aquella mano, mordía entonces los dedos de la muchacha hasta que sangraban. Hasta anularla. Lamía, a continuación, los huesos que sobresalían entre las dentelladas y le prometía la cura mientras bebía sus lágrimas, y así conseguía también saciar su sed y dibujar una sonrisa de esperanza sobre aquel rostro de ojos plomizos que parecía necesitar un soplo de oxígeno para seguir manteniendo la vida. Un "no llores" con aire de preocupación y un "te quiero" con un beso que, más que un beso parecía un mordisco, culpable de las llagas que en el alma hacinaba la dama. Retorcida de dolor, sangrando, con las mejillas colmadas de lágrimas, y con una sonrisa de ilusión en la boca esperaba la frágil mujer en una silla hasta que él volviera a sanar sus heridas. Nadie más se hubiera atrevido a hacerlo.

Esta ingenuidad duró demasiado tiempo. Abatida por el cansancio se refugiaba en sí misma cada noche, donde nadie podía dañarla. De nuevo inconsciencia. Su vida se metamorfoseaba en visiones a baja luz que la condenaban al delirio y la zozobra. Despertaba empapada, segregando lágrimas por todos y cada uno de los poros de su piel. La ansiedad le anulaba cualquier actividad pulmonar hasta incitarla a las nauseas y al resultado de ellas. Ese era el precio de… ¿de qué exactamente? ¿qué podía merecer esa tortura? Nunca lo tuvo claro. Hubiera vendido hasta sus entrañas por un minuto más, o por uno menos. Por el día la hacían y por la noche la deshacían. Y al revés. Más tarde, tan solo, la deshacían. Desguazaron su cuerpo y se vistieron con él. Con el corazón descompuesto seguían comiendo de su mano, viéndola enflaquecer. Su piel se afinaba en un cuerpo cada vez más pequeño. Y más. Y más. O así se sentía ella. Pero qué estupidez, si, luego, se le engrandecía su podrido corazón con una simple caricia. Carraspeaba unos débiles latidos y creía que era eso a lo que llamaban vida.
Pero la verdadera realidad era que la vida se le escapaba como agua entre los dedos. Que su esencia se agotaba como el perfume caro. Que sus ganas se marchitaban como las hojas en otoño. Que sus lágrimas le hundían los pómulos como cataratas en pleno desnivel.

Dejó de ser mujer el primer día que le lloró, y dejó de ser persona horas después, cuando se secó las lágrimas con el cabello y se auto convenció de la culpabilidad del asunto. Nunca jamás volvió a levantar el rostro. No se lo merecía. O eso creía. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

El ojo del huracán

Hoy, me hallaba en la servidumbre de lo abstracto del ser humano, y me apetecía volar.
Abrir las alas y despegar en busca del colofón de sensaciones que nos pretenden coartar.
Sobrevolar el mundo desde arriba y observar la inculcada patriarcalización que os mueve.
Rocé la rama feminista con las primarias mientras me posaba en ella.
Observé con más precisión el cúmulo de injusticias que agredían con arma blanca a las personas.
A las personas. A ti. A mí. A nosotros.
Y, de nuevo, con la gracilidad del frágil y curioso ave, me abalancé sobre el cielo con sed de justicia.

Entonces el mundo se paró. Los polos gravitatorios que impulsan la fuerza de nuestra bola debieron detenerse por instantes incalculables, porque no podía lograr pensar nada más.
Pero delante de mis ojos no se hallaba el infranqueable abismo que encarcela la libertad de la humanidad. Solo había otros ojos, leyendo dentro de mí a vertiginosa velocidad.
Entonces comprendí por qué últimamente la gente me pregunta eso de “¿por qué ya no escribes?” o solloza mientras susurra que necesita mis líneas para evadirse o viajar.
Solo diré que, desde que fluyo bajo el atento reflejo de mis ojos en aquellos que me acompañan, el mundo se ha convertido en poesía, y vivirla supone la fuerza astral superior capaz de penetrar en los confines de esas sensaciones que preceden el simple vuelo. Ahora surco el cielo en solitario para escribir. A día de hoy me aferro, con conocimiento interno de error, a todo lo efímero y etéreo que me ofrece la situación, pero también a todo lo corpóreo, carnal y lujurioso que le corresponde. Y hasta en la inmundicia de lo abyecto, en sábanas sucias y una habitación decadente y lúgubre, se halla la poesía creando(me).

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Ojeras

Tus ojeras
son las esferas
de esa sensación que desesperas.

Y, cuando en mi cama bostezas
y agitas tus labios color cereza
no sé por qué esperas que me crea
que el mundo es infinita certeza.

Pues, aunque mi rima densa
en ocasiones la cuerda tensa,
no esperes que mi verso libre
se ate a sentimientos de ese calibre.

Amor platónico para tu piel de mimbre
pero soy de esas que nunca supo ser firme.

Desde el cielo te anhelo, y le canto, para que te abrigue el manto, infinito, lleno de esferas, fortuito, que siempre fueron tus ojeras.