Así es como la triste doncella ofrecía en la mano el
alimento al hambriento, que clamaba a gritos por calmar su gula. Comía y comía
hasta saciar su apetito y, no contento con haber agotado cualquier triza de la
vida que brotaba de aquella mano, mordía entonces los dedos de la muchacha
hasta que sangraban. Hasta anularla. Lamía, a continuación, los huesos que
sobresalían entre las dentelladas y le prometía la cura mientras bebía sus
lágrimas, y así conseguía también saciar su sed y dibujar una sonrisa de esperanza
sobre aquel rostro de ojos plomizos que parecía necesitar un soplo de oxígeno
para seguir manteniendo la vida. Un "no llores" con aire de
preocupación y un "te quiero" con un beso que, más que un beso
parecía un mordisco, culpable de las llagas que en el alma hacinaba la dama.
Retorcida de dolor, sangrando, con las mejillas colmadas de lágrimas, y con una
sonrisa de ilusión en la boca esperaba la frágil mujer en una silla hasta que
él volviera a sanar sus heridas. Nadie más se hubiera atrevido a hacerlo.
Esta ingenuidad duró demasiado tiempo. Abatida por el cansancio se
refugiaba en sí misma cada noche, donde nadie podía dañarla. De nuevo
inconsciencia. Su vida se metamorfoseaba en visiones a baja luz que la
condenaban al delirio y la zozobra. Despertaba empapada, segregando lágrimas
por todos y cada uno de los poros de su piel. La ansiedad le anulaba cualquier
actividad pulmonar hasta incitarla a las nauseas y al resultado de ellas. Ese
era el precio de… ¿de qué exactamente? ¿qué podía merecer esa tortura? Nunca lo
tuvo claro. Hubiera vendido hasta sus entrañas por un minuto más, o por uno
menos. Por el día la hacían y por la noche la deshacían. Y al revés. Más tarde,
tan solo, la deshacían. Desguazaron su cuerpo y se vistieron con él. Con el
corazón descompuesto seguían comiendo de su mano, viéndola enflaquecer. Su piel
se afinaba en un cuerpo cada vez más pequeño. Y más. Y más. O así se sentía
ella. Pero qué estupidez, si, luego, se le engrandecía su podrido corazón con
una simple caricia. Carraspeaba unos débiles latidos y creía que era eso a lo
que llamaban vida.
Pero la verdadera realidad era que la vida se le escapaba como
agua entre los dedos. Que su esencia se agotaba como el perfume caro. Que sus
ganas se marchitaban como las hojas en otoño. Que sus lágrimas le hundían los
pómulos como cataratas en pleno desnivel.


