Hoy, me hallaba en la servidumbre de lo abstracto del ser humano, y me apetecía volar.
Abrir las alas y despegar en busca del colofón de sensaciones que nos pretenden coartar.
Sobrevolar el mundo desde arriba y observar la inculcada patriarcalización que os mueve.
Rocé la rama feminista con las primarias mientras me posaba en ella.
Observé con más precisión el cúmulo de injusticias que agredían con arma blanca a las personas.
A las personas. A ti. A mí. A nosotros.
Y, de nuevo, con la gracilidad del frágil y curioso ave, me abalancé sobre el cielo con sed de justicia.
Entonces el mundo se paró. Los polos gravitatorios que impulsan la fuerza de nuestra bola debieron detenerse por instantes incalculables, porque no podía lograr pensar nada más.
Pero delante de mis ojos no se hallaba el infranqueable abismo que encarcela la libertad de la humanidad. Solo había otros ojos, leyendo dentro de mí a vertiginosa velocidad.
Entonces comprendí por qué últimamente la gente me pregunta eso de “¿por qué ya no escribes?” o solloza mientras susurra que necesita mis líneas para evadirse o viajar.
Solo diré que, desde que fluyo bajo el atento reflejo de mis ojos en aquellos que me acompañan, el mundo se ha convertido en poesía, y vivirla supone la fuerza astral superior capaz de penetrar en los confines de esas sensaciones que preceden el simple vuelo. Ahora surco el cielo en solitario para escribir. A día de hoy me aferro, con conocimiento interno de error, a todo lo efímero y etéreo que me ofrece la situación, pero también a todo lo corpóreo, carnal y lujurioso que le corresponde. Y hasta en la inmundicia de lo abyecto, en sábanas sucias y una habitación decadente y lúgubre, se halla la poesía creando(me).

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