A veces
me siento a recordar cada uno de los detalles de la historia en la que nos
conocimos.
Sentado
en la mesa con la sonrisa oliendo a cerveza y esa seriedad inexpugnable que
aterraba. Hablando de dinero y de ideales por los que cualquiera te hubiera
odiado, y allí estaba yo: odi(amán)dote. Todo un reto para entender delante de
mis narices, y yo solo pensando en rozarlas con las tuyas.
Puedo
recordar momentos en los que creí perder la cabeza, tirar la toalla,
desentenderme. Pero tu veneno ya corría por mis venas creyéndose nicotina.
Hubiera sido demasiado fácil conocernos. Pero todas las batallas hubieran
merecido la pena.
Me
plasmabas de palabras increíbles que contaban historias que reblandecían hasta
el más firme de mis ideales, y ni me importaba. Yo solo veía como bailaba el
aire que salía de tu boca y soñaba con poder volar en él. Que tus labios
hostiles se atrevieran a sentir los míos a 9 centímetros menos. Me volviste
loca de atar, me enseñaste a dudar lo indudable, hasta que llegó el día que
solo supe estar segura de ti, pero solo duró un día.
Clasificaba
como impresionante la virtud de poder conocerte cada día de nuevo, porque cada
día se presentaba un hombre diferente que se sentaba en el mismo banco de la
universidad cuando salía de clase, solo porque venía. Tuviste centenares de
personalidades intentando evadir el fuego y, sin embargo, fui capaz de enamorarme de todas ellas. Y
suena increíble, pero cómo quieres que suene si hoy me senté a escribir sobre
ti.
Y me
hiciste vibrar cuando el resto se conformaba con tan solo temblar. Aprendí a
hacerte reír, aunque sospecho que hace tiempo que ya sabías. Y qué orgullo que
tu risa, que venía en diminutos frascos de delicado perfume, se derramara por
mis oídos hasta reventar, y así enamorarme de ti un día más.
Ojalá
alguien hiciera una película sobre todo aquello.
Poco a
poco fuiste dándome alas hasta que un día, con la sinceridad que hacía tiempo
te quemaba la boca, me enseñaste a volar
dentro del agua. De la de mi bañera.
Desde
aquel día la realidad de la vida ha salido al descubierto. Nos encontramos en
un precipicio en el que ambos habíamos caído, por separado, pero dispuestos a
subirlo juntos.
Y desde
entonces te he visto todos los días, y te he regalado ‘te quieros’ de esos que
sabes que aunque alguna vez los digas a alguien más jamás volverán a ser
iguales. Te he visto llorar cuando ya no podías ni un segundo más, y se me ha
desgarrado el alma hasta doler, hasta perforarme el cráneo, solo pudiendo
pensar una cosa: culpable.
Y desde
entonces te he visto todos los días, y te he regalado ‘te amos’ de esos que
sabes que aunque alguna vez los digas a alguien más jamás volverán a ser
iguales. Me has visto llorar cuando ya no podía ni un segundo más, y tú con tus
dedos apretando mi culo, y yo con los míos tocando el cielo, solo has podido
pensar una cosa: culpable.
Te he
encontrado borracho, de miedos, y de whisky, después de la tormenta.
Componiendo melodías que fluían con las lágrimas en un sinsentido aterrador. Me
has llevado de la mano a la cama y me has hecho el amor con la misma
inseguridad con la que me besaste la primera vez.
Y te
has enfadado cuando no he querido viajar a Londres, pero es que de vuelos ya he
sido experta, y he llegado más lejos de lo que ningún avión podrá llevarme
nunca. Y yo, que tanto pánico le tengo a volar, he hecho puenting sin cuerda
desde tu sonrisa y he sobrevivido.
Y te he
presentado a tus miedos de la mano, enjaulándolos en mi habitación. Y he visto
como ahora eres tú quien se ríe de ellos y les abre la jaula cada vez que sube.
Sin importarle absolutamente nada, he observado todos y cada uno de tus
movimientos haciéndolo y te he amado aún
más.
He
hablado en pasado porque ya no eres el hombre al que conocí, lleno de misterios
y dispuesto a hacerme dudar. Ahora eres de esos hombres a los que parece
conozco de toda la vida, y que en su pecho tienen una caja de seguridad para
cuando el vértigo me puede, me abrazas y todo se sublima. Y es que es sublime
poder disponer de ello siempre que el aire me falta, porque cuando te veo la
respiración ya de por sí se me entrecorta. Y sé que suena increíble, pero cómo
quieres que suene si estoy escribiendo sobre ti.
Y es
cierto, me he tirado meses y meses sin escribir desde que te conocí, pero es que
he aprendido a escribir sobre tu piel y me gusta más que el papel, he aprendido
a dejar escapar por mi boca esas ideas que me rondan la cabeza y que el aire
las lleve a tus oídos, y entonces suceda: te sonrojes, sonrías, y me beses, y
pasajeros subid al tren con destino ninguna parte, que yo me quedo aquí,
recorriendo tus piernas, con un único destino: ser feliz.
