Era volátil. Liviano de alma, y de pestañas gráciles.
Por el pico soltó un graznido desagradable, pero, sin querer o queriendo no querer, lanzó un suspiro que me alcanzó. Un disparo mortal hacia el abismo. Pero abismales sus ojos, de una embaucadora profundidad.
Soñé con alzar el vuelo y, así, poder alcanzarle.
Le pedía abrazos, y me envolvía con sus alas hasta volatilizar todos los miedos. Y el frío.
Yo siempre quise ser él, y él nunca quiso ver como era. Hasta que nos encontramos.
Él me enseñó a volar, sin saber por qué.
Yo le rasgué los párpados, obligándole a descubrir sus propias alas.
Y lo entendió todo.
Azar, o suerte. Una respuesta que nunca me interesó descubrir.
Desde entonces me da cobijo en su nido. Me acaricia con delicadeza las plumas. Canta en mi oído melodías que nunca nadie más podrá escuchar. Y me da la libertad, porque la vida es dar, y yo le daría el alma por una explosión más.
Yo, desde el terrenal piélago de los humanos, abrí la jaula. Y escapé.
"Tu corazón es como una continua explosión de aves alzando el vuelo por primera vez, no necesitas alas"
Pero se equivocaba, me declaré subordinada de las suyas. Y no me/le importó.
Es justo compartir el don con quien te ayudó a descubrirlo.
Es justo levantar el vuelo siendo consciente del hipotético riesgo que implica la caída.
Es justo no pensar en ella.
Volar. Sentir el desasosiego. Y volar más alto. Visualizar la muerte cara a cara, y así vivir.
Vivir. Volar. Dar. Amar.
Y, entonces, lo tuve claro. Su alma era de fénix.
La intensidad nos hizo arder, hasta quemarnos.
Pero, más tarde, fue el alma quien nos devolvió la existencia,
renacimos entre las cenizas.
Y la vida nunca volvió a ser tan hermosa.
Hasta mañana.
Cuando mi avecilla legue un motivo más.
Hasta mañana.
Cuando alce el vuelo y no recuerde el dolor de las caídas.
