Solo es una chispa, creada para propagar el fuego sobre el cuerpo material que precise. El ímpetu del sentimiento prolifera la combustión. El incendio te cambia la vida, te arropa y te estimula, hasta los confines más inesperados del individuo.
Hoy el fuego se apagó. La chispa no enfrió en ningún momento. Recuerdo que permanecía bajo una montaña de cenizas sin que nadie la percibiera. Sus fuerzas eran limitadas y necesitaba almacenar calor para poder aferrarse y lograr prender de nuevo. Solo necesitaba que le acercaran hasta el camino alguna brizna de madera, (o de razones). Logró, con paciencia y pasión, volver a arder orgullosa como una llama, lo suficientemente fuerte para arrasar con todo, si decidiera proponérselo. Pero esas nunca fueron sus intenciones. Tan solo quería mantener el calor de dos corazones impasibles que provocaron la chispa el uno en el otro. Y, evidentemente, el fuego se había propagado. Caldeaba las almas con sigilo. En ocasiones, se excitaba y enardecía hasta avivar la flama. Las tempestades propias de esa época del año luchaban fríamente contra ella, que es de la peor forma con la que se puede luchar contra una llama. Y un día, sin previo aviso, el temporal enfurecía. Y la tormenta se convertía en ventisca, más tarde en huracán. Y con la fuerza bruta del tornado se llevaba por delante las cenizas hasta mermar y casi consumir la chispa. Otros días, ambos aparatos se unían, y se producía un baile de descargas y chispazos que, aunque a veces ocasionara daños sobre el material, volvía a renacer el fogonazo que, de nuevo, abrigaba los interiores. Jamás supe de la existencia de algo más acogedor.
Hoy el fuego se apagó. La chispa nunca podrá morir, pero mis maderas permanecen a salvo tras las paredes de porquería cimentada que hoy me protege. Consolida tus deyecciones y lánzalas fuera. Decían unas voces. Yo sufría de diógenes, o eso creía, solo me gustaba almacenarlas. Para hacer fuerza, me decía. A día de hoy soy incapaz de respirar entre tantos escombros. Pero, aunque me ahogue entre la inmundicia, tengo un problema más nocivo, si cabe. El fuego se apagó. No hay duda. No quedan ni las brasas. El frío va propagándose por el corazón, anestesiándolo. Pero, por favor, que alguien me explique por qué, aún sin fuego, a mi me abrasa la existencia. Me quema por dentro. La piel se transforma en un crepitar de todos los poros, y el espectáculo de mi cuerpo chamuscándose entre bloques de hielo, achicharrándose bajo el yugo de la evidencia. Porque, al fin y al cabo, lo que duele es la verdad. Tengo la esencia carbonizada, entre un lecho de broza. ¿Y qué? ¿Qué me quieres decir con esto? Que duele, que nunca había dolido tanto. Que el hielo quema. Pero la chispa duele.
sábado, 25 de abril de 2015
lunes, 6 de abril de 2015
turbia realidad
Hoy me
acompañan la soledad y el viento. Vuelve el frío, fiel compañero que me da
cobijo desde que existo. Mi amor por él no es aceptado, pero la eternidad de su
compañía es inexpugnable. El conjunto de los sonidos del mundo se metamorfosea
en un irrisorio murmuro que atenta contra mi persona. Y me largo. Me largo de
aquí, al infinito. Al refugio. Y el camino se hace eterno, los pies me gritan
presos del cansancio y el dolor. La mente es más fuerte y me guía hasta el
final. Y ante mis ojos se abre la belleza. Y camino confiada por las riendas
que me dieron la vida. Me siento en el viejo árbol que se alza en el mismo
lugar desde que conozco. Y lo miro, y me mira. Y acomoda sus brazos de la forma
exacta que me permite tumbarme. Y miro al cielo, enjaulado por sus frondosas
ramas. Le acaricio las yemas y cierro los ojos. El murmuro se ha marchado. Solo
el viento mecedor de hojas y las aves en euforia me ofrecen la más brillante
paz. Y la soledad se disipa hasta desaparecer. Y sigue ahí, pero la fortaleza que
transmite este instante me obliga a dejar de vislumbrarla. Y nadie nunca podrá
arrebatarme esa sensación. Solo yo, con la infinidad de terrores que me
atormentan a diario, pero que incluso aquí logran trascender de mí por un rato.
Paraíso al alcance de cualquiera. Cualquiera con fuerza y alma. Creo que si
nací con algo fue con la suerte de un alma capaz de compensar las escasas y
débiles fuerzas que se me desarrollarían. Y sin ser consciente de la
ingenuidad, o siéndolo en un interior poco importante, alcanzo el clímax. Y los
ojos, que me pesaban de tanto llorar, se aclimatan al entorno y el cansancio
que los envolvía se sublima. Y qué sublime este momento. Y la soledad se vuelve
amiga, fiel, y la única cuando el resto se ha esfumado. Y el tiempo pasa sin
ser percibido, tal vez por no querer interrumpir este álgido renaciente. Y es
que la naturaleza es así: te da todo lo que necesitas y te abriga cuando el
alma agoniza machacada por la sociedad. Y, sosteniendo esta última idea en la
mente, pienso con pura certeza: libertad. Y libre, me resigno por las cuerdas que
me arrastran cruelmente de vuelta al agujero. Inquebrantables, me lanzan de
nuevo la llamada, y marcho dolorida y cabizbaja hacia el mundo que no roba lo
más preciado que existe: la libertad. Aquella con la que nacemos, no la que se
nos otorga. Oh amada mía, no me llores, prometo que volveré pronto. Lo juro.
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