El frío
se atrevió a vestirme con exactitud los huesos. Mi piel reserva las caricias
que alguien dejó olvidadas tiempo atrás. El declive me abrió las puertas y osó
hundirme en la concavidad de aquella oscuridad. El anochecer no es más que un
precipicio hasta mis entrañas. Tortura de mi subconsciente hasta subyacer.
Sensibilidad abatida hasta la muerte. Pesan más los párpados que el propio
cuerpo. Oscilan hasta que les es permitido. Hoy he amanecido en el flanco
contradictorio de la realidad. Fin’amor. El alma se halla extenuada en su
integridad. Las preguntas solo son vocablos desorganizados que se dedican a
desgarrar la cáscara que envuelve el torso inerte que algún día llamé cuerpo.
Las respuestas, inexistentes, perforan y penetran con suavidad, calando más
adentro aún. Días de ironía desatada. Días previsibles, esperados, pero
dolorosos. Ya vuelven mis musas a tener color añil frígido. Ya vuelven a bailar
sobre mi bolígrafo incitándome a desencadenar de una tirada todo su interior.
Bienvenidas, se extrañaba vuestro revoloteo sobre la roca herida. Demasiado
tiempo exiliadas como para poderse desatar en todo su esplendor. Nunca me dio
miedo convivir con ellas pero la cobardía rindió culto al dilema. Leer y releer
sin que nada me convenza. Agradezco el día que conocí a la pluma y la calcé con
todo aquello que me incendiaba la mirada, mi endoscopio particular. Dibujo con
letras el electrocardiograma que jamás nadie supo plasmar, a la espera de
alguien capaz de saberlo interpretar. Algo más profundo que hermosos acordes carentes
de musicalidad. Un paseo por mi yo interno hasta su expiración. Días de no
reflexión, tan solo de tortura interna.
Perseverancia. Ya vendrán días mejores.
