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sábado, 22 de junio de 2013

¿Amor?


El amor, ese gran conocido que te hace llegar a alcanzar el cielo con las yemas de los dedos, sensación increíble a la par que peligrosa, así es el amor. Mientras asciendes vas olvidando todo lo que realmente te importaba en tu vida, tus prioridades se quedan debajo llamándote a gritos para que regreses, pero la codicia de alcanzar el cielo te ciega. Y así vas ascendiendo poco a poco por sensaciones maravillosas, el aire cada vez es menos rico en oxígeno, y es por eso tal vez por lo que nos volvemos ingenuos. El camino es maravilloso, no suelen haber demasiados obstáculos. Una vez arriba, cuando el cielo está en tus dedos, crees que es la mejor sensación del mundo y que jamás nadie podrá arrebatártelo. De vez en cuando miras hacia debajo y ves a tus amigos, a las cosas que un día fueron prioridad y te sientes mal por haberlas abandonado pero nunca te plantearías bajar de nuevo. Nunca te lo plantearías, hasta que te das cuenta de que el cielo que estás acariciando no existe, tus dedos se hunden entre la no consistencia que creímos existir un día, y nada te sostiene, y caes. Caes a una velocidad vertiginosa, piensas que el impacto contra el suelo hará que tu cráneo quede dividido en cien mil pedazos por el suelo, y que ya nunca nada volverá a tener sentido, pero es entonces, cuando casi rozas el suelo, que te das cuenta de que algo te ha sujetado, algo ha aliviado lo que podría haber sido la fatal colisión. Y los miras, todo ese conjunto de amigos y cosas que formaron tu vida, solo los realmente importantes, están allí, sujetándote con una sonrisa en sus rostros y masticando unas palabras al son de “ya te lo advertí”. Y es por eso por lo que yo ya no respondo a sentimientos que vayan más allá del calor humano de estas o nuevas personas. Ya no creo en sensaciones que prometan que la felicidad es intangible e incorpórea. Con los pies en la tierra y las manos en la carne no busco mejor sensación que la de mover las sábanas como olas por Poseidón.