El amor, ese gran conocido que te hace llegar a alcanzar el
cielo con las yemas de los dedos, sensación increíble a la par que peligrosa,
así es el amor. Mientras asciendes vas olvidando todo lo que realmente te
importaba en tu vida, tus prioridades se quedan debajo llamándote a gritos para
que regreses, pero la codicia de alcanzar el cielo te ciega. Y así vas
ascendiendo poco a poco por sensaciones maravillosas, el aire cada vez es menos
rico en oxígeno, y es por eso tal vez por lo que nos volvemos ingenuos. El
camino es maravilloso, no suelen haber demasiados obstáculos. Una vez arriba,
cuando el cielo está en tus dedos, crees que es la mejor sensación del mundo y
que jamás nadie podrá arrebatártelo. De vez en cuando miras hacia debajo y ves
a tus amigos, a las cosas que un día fueron prioridad y te sientes mal por
haberlas abandonado pero nunca te plantearías bajar de nuevo. Nunca te lo
plantearías, hasta que te das cuenta de que el cielo que estás acariciando no
existe, tus dedos se hunden entre la no consistencia que creímos existir un
día, y nada te sostiene, y caes. Caes a una velocidad vertiginosa, piensas que
el impacto contra el suelo hará que tu cráneo quede dividido en cien mil
pedazos por el suelo, y que ya nunca nada volverá a tener sentido, pero es
entonces, cuando casi rozas el suelo, que te das cuenta de que algo te ha
sujetado, algo ha aliviado lo que podría haber sido la fatal colisión. Y los
miras, todo ese conjunto de amigos y cosas que formaron tu vida, solo los
realmente importantes, están allí, sujetándote con una sonrisa en sus rostros y
masticando unas palabras al son de “ya te lo advertí”. Y es por eso por lo que
yo ya no respondo a sentimientos que vayan más allá del calor humano de estas o
nuevas personas. Ya no creo en sensaciones que prometan que la felicidad es
intangible e incorpórea. Con los pies en la tierra y las manos en la carne no
busco mejor sensación que la de mover las sábanas como olas por Poseidón.sábado, 22 de junio de 2013
¿Amor?
El amor, ese gran conocido que te hace llegar a alcanzar el
cielo con las yemas de los dedos, sensación increíble a la par que peligrosa,
así es el amor. Mientras asciendes vas olvidando todo lo que realmente te
importaba en tu vida, tus prioridades se quedan debajo llamándote a gritos para
que regreses, pero la codicia de alcanzar el cielo te ciega. Y así vas
ascendiendo poco a poco por sensaciones maravillosas, el aire cada vez es menos
rico en oxígeno, y es por eso tal vez por lo que nos volvemos ingenuos. El
camino es maravilloso, no suelen haber demasiados obstáculos. Una vez arriba,
cuando el cielo está en tus dedos, crees que es la mejor sensación del mundo y
que jamás nadie podrá arrebatártelo. De vez en cuando miras hacia debajo y ves
a tus amigos, a las cosas que un día fueron prioridad y te sientes mal por
haberlas abandonado pero nunca te plantearías bajar de nuevo. Nunca te lo
plantearías, hasta que te das cuenta de que el cielo que estás acariciando no
existe, tus dedos se hunden entre la no consistencia que creímos existir un
día, y nada te sostiene, y caes. Caes a una velocidad vertiginosa, piensas que
el impacto contra el suelo hará que tu cráneo quede dividido en cien mil
pedazos por el suelo, y que ya nunca nada volverá a tener sentido, pero es
entonces, cuando casi rozas el suelo, que te das cuenta de que algo te ha
sujetado, algo ha aliviado lo que podría haber sido la fatal colisión. Y los
miras, todo ese conjunto de amigos y cosas que formaron tu vida, solo los
realmente importantes, están allí, sujetándote con una sonrisa en sus rostros y
masticando unas palabras al son de “ya te lo advertí”. Y es por eso por lo que
yo ya no respondo a sentimientos que vayan más allá del calor humano de estas o
nuevas personas. Ya no creo en sensaciones que prometan que la felicidad es
intangible e incorpórea. Con los pies en la tierra y las manos en la carne no
busco mejor sensación que la de mover las sábanas como olas por Poseidón.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario