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Donde el viento me lleve, Spain

lunes, 6 de abril de 2015

turbia realidad

Hoy me acompañan la soledad y el viento. Vuelve el frío, fiel compañero que me da cobijo desde que existo. Mi amor por él no es aceptado, pero la eternidad de su compañía es inexpugnable. El conjunto de los sonidos del mundo se metamorfosea en un irrisorio murmuro que atenta contra mi persona. Y me largo. Me largo de aquí, al infinito. Al refugio. Y el camino se hace eterno, los pies me gritan presos del cansancio y el dolor. La mente es más fuerte y me guía hasta el final. Y ante mis ojos se abre la belleza. Y camino confiada por las riendas que me dieron la vida. Me siento en el viejo árbol que se alza en el mismo lugar desde que conozco. Y lo miro, y me mira. Y acomoda sus brazos de la forma exacta que me permite tumbarme. Y miro al cielo, enjaulado por sus frondosas ramas. Le acaricio las yemas y cierro los ojos. El murmuro se ha marchado. Solo el viento mecedor de hojas y las aves en euforia me ofrecen la más brillante paz. Y la soledad se disipa hasta desaparecer. Y sigue ahí, pero la fortaleza que transmite este instante me obliga a dejar de vislumbrarla. Y nadie nunca podrá arrebatarme esa sensación. Solo yo, con la infinidad de terrores que me atormentan a diario, pero que incluso aquí logran trascender de mí por un rato. Paraíso al alcance de cualquiera. Cualquiera con fuerza y alma. Creo que si nací con algo fue con la suerte de un alma capaz de compensar las escasas y débiles fuerzas que se me desarrollarían. Y sin ser consciente de la ingenuidad, o siéndolo en un interior poco importante, alcanzo el clímax. Y los ojos, que me pesaban de tanto llorar, se aclimatan al entorno y el cansancio que los envolvía se sublima. Y qué sublime este momento. Y la soledad se vuelve amiga, fiel, y la única cuando el resto se ha esfumado. Y el tiempo pasa sin ser percibido, tal vez por no querer interrumpir este álgido renaciente. Y es que la naturaleza es así: te da todo lo que necesitas y te abriga cuando el alma agoniza machacada por la sociedad. Y, sosteniendo esta última idea en la mente, pienso con pura certeza: libertad. Y libre, me resigno por las cuerdas que me arrastran cruelmente de vuelta al agujero. Inquebrantables, me lanzan de nuevo la llamada, y marcho dolorida y cabizbaja hacia el mundo que no roba lo más preciado que existe: la libertad. Aquella con la que nacemos, no la que se nos otorga. Oh amada mía, no me llores, prometo que volveré pronto. Lo juro.

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