Hoy me
acompañan la soledad y el viento. Vuelve el frío, fiel compañero que me da
cobijo desde que existo. Mi amor por él no es aceptado, pero la eternidad de su
compañía es inexpugnable. El conjunto de los sonidos del mundo se metamorfosea
en un irrisorio murmuro que atenta contra mi persona. Y me largo. Me largo de
aquí, al infinito. Al refugio. Y el camino se hace eterno, los pies me gritan
presos del cansancio y el dolor. La mente es más fuerte y me guía hasta el
final. Y ante mis ojos se abre la belleza. Y camino confiada por las riendas
que me dieron la vida. Me siento en el viejo árbol que se alza en el mismo
lugar desde que conozco. Y lo miro, y me mira. Y acomoda sus brazos de la forma
exacta que me permite tumbarme. Y miro al cielo, enjaulado por sus frondosas
ramas. Le acaricio las yemas y cierro los ojos. El murmuro se ha marchado. Solo
el viento mecedor de hojas y las aves en euforia me ofrecen la más brillante
paz. Y la soledad se disipa hasta desaparecer. Y sigue ahí, pero la fortaleza que
transmite este instante me obliga a dejar de vislumbrarla. Y nadie nunca podrá
arrebatarme esa sensación. Solo yo, con la infinidad de terrores que me
atormentan a diario, pero que incluso aquí logran trascender de mí por un rato.
Paraíso al alcance de cualquiera. Cualquiera con fuerza y alma. Creo que si
nací con algo fue con la suerte de un alma capaz de compensar las escasas y
débiles fuerzas que se me desarrollarían. Y sin ser consciente de la
ingenuidad, o siéndolo en un interior poco importante, alcanzo el clímax. Y los
ojos, que me pesaban de tanto llorar, se aclimatan al entorno y el cansancio
que los envolvía se sublima. Y qué sublime este momento. Y la soledad se vuelve
amiga, fiel, y la única cuando el resto se ha esfumado. Y el tiempo pasa sin
ser percibido, tal vez por no querer interrumpir este álgido renaciente. Y es
que la naturaleza es así: te da todo lo que necesitas y te abriga cuando el
alma agoniza machacada por la sociedad. Y, sosteniendo esta última idea en la
mente, pienso con pura certeza: libertad. Y libre, me resigno por las cuerdas que
me arrastran cruelmente de vuelta al agujero. Inquebrantables, me lanzan de
nuevo la llamada, y marcho dolorida y cabizbaja hacia el mundo que no roba lo
más preciado que existe: la libertad. Aquella con la que nacemos, no la que se
nos otorga. Oh amada mía, no me llores, prometo que volveré pronto. Lo juro.

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