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martes, 12 de noviembre de 2013

La iglesia no es religión.

Con el permiso de Karl Marx, filósofo intelectual y militante comunista alemán judío, tomamos como anafórica una de las tantas frases que lo identifican. “La religión es el opio del pueblo”. Tan sencillo como eso. Religión, para algunos no más que una asignatura impuesta, supuestamente, por influencia social e histórica, para otros una acérrima creencia que los ciega hasta límites insospechables. Pero hay otro grupo, otro en el cual este sistema provoca un irrisorio desmesurado, y no, no hablo de esas personas que rechazan y condenan estos dogmas, sino los propios creadores de tal contrariedad. Si nos ponemos tolerables, podemos empatizar con esas personas, que haciendo alarde de su deficiencia, ciegamente tienden sus manos a la religión y a Dios, ya que la sociedad está todavía muy lejos de abandonar esos arcaicos mitos que en su día devolvieron la fe a la humanidad. El problema de la religión no es otro que la iglesia. Tarde o temprano los religiosos se ven obligados a recurrir a este negocio, pues algo que mueve una estimación de, y digo estimación ya que no podemos creer ciegamente todo lo que los medios nos cuentan, 32 millones de euros al año, provenientes de las arcas públicas, no tiene otro nombre que negocio. Ante una sociedad carente de educación y firmes teorías científicas que resolvieran los porqués que en su día otorgaba la situación, un grupo de personas buscó el firme apoyo que un ser místico e irreal podía estipular. Es incongruente culpar al pueblo por favorecer ésto cuando es evidente que era necesario elidir responsabilidades y, a la vez, responder esas cuestiones que los atormentaban debido a, como hemos recalcado anteriormente, una falta de conocimientos. La religión, vista desde un punto más simple, no pretendía más que conseguir una sociedad mejor. Aspectos tolerables los cuales condenaban tendencias tales como robar, matar, y un largo etcétera. Pero hoy en día no tenemos más que hipocresía. Hipocresía que aquello que un día defendía un comportamiento honrado sea ahora el cual rechace, aisle y denigre a las personas que, hartas de la farsa en la que se ha convertido, se desliguen de estos principios. La iglesia no es más que la satírica manipulación de lo que en su día fueron honestos principios, para conseguir el beneficio propio. El extremismo máximo y la descontextualización de la palabra de la biblia. La clara y presente denigración de la mujer que, aunque no de forma explícita en un principio, ha sido llevada hasta los confines más rebuscados con un único fin: dominio. No puedo permitir mi credibilidad ante algo que, para empezar, me desprestigia como autoridad por mi sexo. De un ámbito afable y armonioso desembocamos en toda su contrariedad. Como inadmisible me atrevo a considerar que tengamos que quitarnos el pan de la mesa para sustentar algo que, en principio, era dominado por un líder que andaba en sandalias y duplicaba el pan y los peces para dar de comer al pueblo. Es irónico que personas se vean obligadas a recurrir a comedores sociales en parroquias porque su dinero esté empleándose en los bolsillos de una iglesia corrupta. Y si, podemos decir que el alimentos que éstas parroquias ofrecen sale de éste dinero público, pero ¿cuánto dinero es necesario para acoger a estas personas? Y aún más importante ¿cuánto es empleado para actos innecesarios que no buscan más que la propia riqueza? Pero la corrupción de esta identidad es tan evidente y contraria a los principios fundadores que no es necesario esforzarse demasiado en su demostración. La arcaica mentalidad ignorante sigue potenciando estos deleznables actos ante nuestras narices. Nos morimos de hambre mientras lamentamos desgracias tercermundistas porque no tenemos medios para sustentarlas, y mientras tanto la iglesia rebosa en medios que emplea para otros fines; fines individuales. Se nos implantan los que deberían de ser sus quehaceres. En mis 18 años de vida he oído desde los ya conocidos “¡Respeta mi opinión!” a amenazas insostenibles tales como “¡Dios te castigará e irás al infierno!” He aquí otro ejemplo más de hipocresía en la cual se pide respeto pero a su vez se niega. Una simple y mera opinión desde los ojos de una persona que ha visto muy poco debido a su corta edad, pero que se atreve a prescindir de los gastos y dogmas irrespetuosos que 2.000 años llevan torturándonos para alardear de una superioridad concedida por nadie pero inexpugnable por el mismo número de personas.
Lucía Berenguer Verdú

2 comentarios:

otman dijo...

Sólo una cosa que añadir:
¿32 millones de euros? ¿Sólo?
Si le sumas sus propiedades debido a que la Iglesia tiene el poder de apropiarse de terrenos poniéndolos a su nombre.
Que el Vaticano es el MAYOR centro de blanqueo de dinero mundial. Las Bahamas, las Islas Caimán y demás paraísos fiscales no son nada en comparación con lo que hace el Vaticano.
La Iglesia está también estrechamente relacionada con el mundo de la droga debido a sus facilidades para transportar "mercancías".
Y un extenso etcétera.
Si sumas todos sus ingresos, la cifra es astronómica, trillones (18 ceros) de euros es lo que recaudan cada año.
Un saludo, me ha encantado la publicación.

Luxi dijo...

32 millones que se emplean de forma directa de las arcas públicas, está claro que es muchísimo más gasto. Solo con el sueldo de los profesores de religión ya se van una burrada, creo haber recordado leer que casi 500 millones, que aunque me parece una exageración es bastante posible.