No sois capaces de concebir lo duro que era tener una conducta totalmente indómita y, sin embargo, extraviarse entre los lunares de su piel. Las conversaciones repletas de trivialidades se disipaban en un ambiente hostil y decadente. No eran necesarias, ambos discernían lo que querían y por ello no se empeñaban en forzarlas para acallar, de algún modo, ese sentimiento interiorizado que les obligara a sentirse mal. Leía el desasosiego de sus ojos cuando hacían el amor. Él le retrataba la ropa de la que carecía con las manos. A ella le deleitaba tener esa piel color oliva ardiendo sobre si, era el acto más análogo de rebeldía paternal que podía concebir. Nunca le importó el dinero o la condición, tan solo era una yegua desbocada capaz de entregarse, sin más, al primero que fuera capaz de sosegar su inconformismo exteriorizado. Los encuentros siempre eran casuales y se semejaban por la ferocidad que eran capaces de demostrar. Él solo quería entregarle su tosco amor de la mejor forma que sabía, ella, en cambio, solo quería sentir el placer que le producía el constante choque de sus sexos y lograr de fundirse con el ambiente cuando se dejaba ir de placer entre las oscuras manos de su acompañante, que presionaban su trasero cuando ésta se retorcía entre convulsiones, que eran capaces de confundirla sobre la existencia de un Dios. Cuando los espasmos se atenuaban ella mostraba sus insaciables deseos de ser capaz de volver a rozar el clímax en el menor tiempo posible, al igual que cuando despiertas de un sueño e intentas volver a dormir para continuarlo. En esos momentos enloquecía cegada por su afán de lograr llegar hasta el techo de la habitación sin levantarse de la cama. Y empezaba de nuevo con un rápido vaivén de su cuerpo dirigiendo a su amante a la culminación de ambos cuerpos fundiéndose exaltados sobre las sábanas azules manchadas de esperma. Y, como una auténtica amazona, galopaba enloquecida sobre él mientras los ojos le ardían y le faltaban manos para magrearle todo el cuerpo. Era entonces cuando él, en un máximo alarde de transmitirle su voluptuosidad, la volteaba sobre la cama inmovilizándola con sus manos, privándola de conducir las riendas durante ese instante, y cuando aún el desconcierto de la situación le impedía reaccionar, la penetraba colérico hasta que se le ahogaban los gemidos y, de nuevo, ambos se abandonaban al placer para sentir como sus cuerpos se diluían sobre el sucio colchón de hostal barato que les rodeaba.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Tentativa cohibida
No sois capaces de concebir lo duro que era tener una conducta totalmente indómita y, sin embargo, extraviarse entre los lunares de su piel. Las conversaciones repletas de trivialidades se disipaban en un ambiente hostil y decadente. No eran necesarias, ambos discernían lo que querían y por ello no se empeñaban en forzarlas para acallar, de algún modo, ese sentimiento interiorizado que les obligara a sentirse mal. Leía el desasosiego de sus ojos cuando hacían el amor. Él le retrataba la ropa de la que carecía con las manos. A ella le deleitaba tener esa piel color oliva ardiendo sobre si, era el acto más análogo de rebeldía paternal que podía concebir. Nunca le importó el dinero o la condición, tan solo era una yegua desbocada capaz de entregarse, sin más, al primero que fuera capaz de sosegar su inconformismo exteriorizado. Los encuentros siempre eran casuales y se semejaban por la ferocidad que eran capaces de demostrar. Él solo quería entregarle su tosco amor de la mejor forma que sabía, ella, en cambio, solo quería sentir el placer que le producía el constante choque de sus sexos y lograr de fundirse con el ambiente cuando se dejaba ir de placer entre las oscuras manos de su acompañante, que presionaban su trasero cuando ésta se retorcía entre convulsiones, que eran capaces de confundirla sobre la existencia de un Dios. Cuando los espasmos se atenuaban ella mostraba sus insaciables deseos de ser capaz de volver a rozar el clímax en el menor tiempo posible, al igual que cuando despiertas de un sueño e intentas volver a dormir para continuarlo. En esos momentos enloquecía cegada por su afán de lograr llegar hasta el techo de la habitación sin levantarse de la cama. Y empezaba de nuevo con un rápido vaivén de su cuerpo dirigiendo a su amante a la culminación de ambos cuerpos fundiéndose exaltados sobre las sábanas azules manchadas de esperma. Y, como una auténtica amazona, galopaba enloquecida sobre él mientras los ojos le ardían y le faltaban manos para magrearle todo el cuerpo. Era entonces cuando él, en un máximo alarde de transmitirle su voluptuosidad, la volteaba sobre la cama inmovilizándola con sus manos, privándola de conducir las riendas durante ese instante, y cuando aún el desconcierto de la situación le impedía reaccionar, la penetraba colérico hasta que se le ahogaban los gemidos y, de nuevo, ambos se abandonaban al placer para sentir como sus cuerpos se diluían sobre el sucio colchón de hostal barato que les rodeaba.
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