sábado, 28 de septiembre de 2013
Mi infierno particular
Sobre un papel en blanco y mediante el uso de las palabras me desnudo para mostraros uno de los millones de problemas que habitan en mi yo interno. Hace ya 9 meses que dejé de creer en el amor que un hombre pueda ser capaz de ofrecerme en una relación. El problema de esta sociedad radica en creer que el sexo es la mayor forma de demostrar lo que ambas personas sienten entre ellas. Tan solo es un intercambio de fluidos como el que se da en un beso pero con más placer, si ambos saben como hacerlo. La desgracia se sienta a mi lado en el sofá y me mira complacida de haber sido capaz de penetrarme una vez más; una violación en toda regla. La televisión ha dejado de ser el centro de mi evasión de esta realidad y ya nada puede llenarme. Desde la estantería más elevada de mi cocina la botella de Añejo me mira sonriendo, brillante, llena de vida, soluciones, y a gritos me lanza un "bébeme". Ante tal propuesta obedezco presa de mis miedos e intento llegar a un estado mediante el cual consiga abandonar mis plegarias hoy. Y chupito tras chupito la botella se vacía, mi garganta arde y me ruega que me detenga. Así siento como el veneno recorre mi cuerpo e inhabilita mi sistema nervioso para que los problemas se trasladen a un segundo plano. Cuando la botella es incapaz de dar más de si cojo una cerveza e intento que mi cuerpo suavice el golpe que acabo de propinarle. Mis órganos se ponen en pleno funcionamiento para conseguir filtrar el alcohol que ahora recorre mi sangre. Lucha constante contra esta tóxica pócima que hoy resulta ser la única capaz de aportarme algo. El papel también es capaz de aliviarme, pero solo cuando soy apta de mostrar una actitud valiente, por eso hoy sustituyo el folio por OCB y lo relleno de vida, o de muerte, según lo que cada uno sea capaz de tolerar. Mis dudas vuelven a mi, y ante mi narcotizado estado puedo analizar todas y cada una de las pequeñas cosas que me rodean, y que, exenta de narcóticos, pasan desapercibidas ante mi. La actitud valiente de un amigo que me telefonea para esbozar una sonrisa en un día gris es hoy mi único consuelo. Drogadicta de mis miedos intento volar en mi habitación para sentirme más viva destruyendo esa parte de mi cabeza que me atraviesa y hiere. La desgracia me mira contenta, gozando ante mi infortunio. ¿Cobardes aquellos que se refugian entre la toxicidad de las sustancias marginadas de esta sociedad? Tal vez. Pero las personas de alma frágil y desasosiego en la mirada tenemos pocas opciones. La claridad de la vida se hace pública cuando la droga incapacita la mente. El amor es mentira. Es mentira cuando hablamos de relaciones y creemos que no hay más acto espiritual que el sexo. El sexo solo es mecánico, solo se produce cuando ambas personas se unen entre si en busca de placer. El verdadero amor radica en actos mucho más profundos e interiorizados que jamás seréis capaces de comprender. Yo entregué una vez mis miedos, inquietudes, mi sustancia, sensibilidades, sentimientos, voluntad, mi interior, en una cajita de madera creyendo que la persona que la adquiría era el centinela más adecuado. Ingenua de mi. Y a día de hoy soy capaz de lamentar que aquellas cosas se esparcieron por un ambiente hostil de habladuría social que solo pretendían conseguir el propiciar daño, y el morbo que suponía ser capaz de conocer la desnudez de una persona en ese extremo. Es por eso que a día de hoy no creo que exista ninguna personas que merezca la cajita de absolutamente nadie, cuando de una relación amorosa, propiamente dicha, se habla. Cualquier persona que nos lo haya hecho primero, puede después entregar su cuerpo a la primera zorra que aparezca en el camino, y enloquecemos furiosas sintiéndonos engañadas. Bendita ignorancia. Al igual que somos capaces de besar a cualquiera y no sentir nada, también podemos entregar nuestro cuerpo para, tan solo, evadirnos al placer. Eso no demuestra nada. El sexo es el sexo, y el cuerpo puede compartirse con cualquier persona que nos atraiga, pero el alma permanece intacta dispuesta a ser entregada a cualquiera que lo merezca, y es ahí cuando realmente reside el engaño y la traición. Por eso yo, puedo entregar mi yo interno, sin miedos, a alguna persona que sea capaz de escucharme cuando la situación lo requiera y empatizar conmigo en un diálogo lleno de pros y contras que se consolide en una decisión concurrente. La amistad nos ofrece el mayor significado de amor que podamos llegar a conocer, un abrazo es capaz de demostrar más que un polvo, aunque la ropa esté de por medio. Los sentimientos son más limpios y puros, los celos son prácticamente inexistentes, y la sinceridad, verdad, tolerancia, respeto van por delante. No hay relación más hermosa que la que se completa con un gesto, y con la que se es capaz de sentir el alma colmada con tan solo una sonrisa amiga. Y aquí me hallo, agotando una cerveza con los labios, y pensando que se trata, también, de alguna forma de intercambio de fluidos más aseverativa a la realidad. Estúpidos aquellos que aún creen en la sociedad y en sus principios cuando es aquí donde radican todos los jodidos problemas que sois incapaces de ver. A veces, envenenar el cuerpo para acceder al alma es el camino para llegar a nuestro yo interno y hacernos el amor, porpiamente dicho, y conociéndonos en todos nuestros aspectos, para así comprender el porqué del rechazo social, y a la vez, el porqué de la aceptación y comprensión en unos pocos, contados con una mano, dispuestos a recorrerse unos cuantos kilómetros solo por ser capaces de vernos sonreír, para así llenarse a sí mismos. Y así concluyo este pedacito de mi, con un consejo: no hay peor drogadicción que la capacidad de asimilación del engaño con amplia naturalidad.
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