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viernes, 23 de enero de 2015

Las consultas del Doctor Ripoll

Buenas  a todos, hoy me dispongo a desvelar el peor caso que se me presentó jamás, a petición popular de los lectores. Para los que ya me conocen y para los que aún no, me presento: Soy el Dr. Ripoll, veterano en psicología desde hace 32 años, especialista en problemas de pareja en casos extremos. Alcancé la fama por mi eficacia a la hora de resolver todos los casos que se me habían presentado hasta la fecha. En mi libro “Todo tiene solución” plasmé muchos de estos casos y ayudé a cientos de parejas al borde del abismo a retomar la marcha. Trabajo mensualmente en una revista digital comentando muchos de mis desafíos basándome en pacientes reales. Hace unos meses realicé una votación para desvelar uno de mis casos y, como ya he dicho, por petición popular se me adjuntó el término “El peor de tus casos”. Es difícil escoger dado que hay muchos problemas en cada uno de ellos, de índoles desconectadas por completo y, realmente, no podría decir con precisión cuál de todos ellos es peor. Al fin me decidí y como ya indiqué por las redes sociales hoy saldría la historia que me puedo atrever a considerar peor, no por la situación de la pareja en sí, quiero decir, dentro de los problemas meramente psicológicos, sino por todo el tiempo que me costó resolverla ya que fracasaron en absolutamente todas mis terapias.  Espero que sea de su agrado y la disfruten, un saludo a los lectores de la revista que hacen posible esto.
Era viernes por la tarde,  un soleado día de mayo. Tenía cita previa a las 6 con unos pacientes a los que nunca había tratado. Venían por problemas de convivencia y comunicación, según me indicó el marido por teléfono, aunque he de decir que no le vi muy convencido por teléfono.
Acudieron a consulta a las 6:20, los escuché desde dentro discutiendo mientras llegaban. Ella estaba tremendamente molesta porque llegaban tarde por su culpa. Él agachaba la cabeza y apretaba los dientes conteniendo la respiración para no entrar al trapo, pero era intuitivo el cansancio que le propinaba la conversación, se leía entre líneas que, probablemente, llevarían los 20 minutos de retraso a la cita manteniéndola. Les indiqué el asiento y les pedí que cerraran la puerta. La joven se levantó, lo hizo y volvió a tomar asiento, tropezando levemente, mientras le temblaban las manos. Les di un minuto para relajarse.
 Esta pareja estaba recién casada, no llegaba al año. Ella se llamaba Leire, 26 años, él Ramón, aunque prefería el nombre de Moncho, tenía 27. Naturales de Asturias y Barcelona, respectivamente.
Me presenté como el Doctor Ripoll y les expliqué que iba a realizarle una pregunta a cada uno simultáneamente para descubrir el problema que originó la discusión. No podían interrumpirse y mantendrían silencio mientras el otro contestaba. Ambos accedieron.
-A ver, señora Villarce, empezaré por usted- dije mientras observaba el rostro de él. –Dígame, ¿por qué han llegado tarde?- Ella estaba deseando hablar y no lo pensó ni un minuto más. –Pues verá doctor, ¡siempre cierra la puerta 10 veces!- La interrumpí con la mano para situarme, pues la respuesta me dejó algo descolocada, la dejé proseguir – A ver Doctor, siempre que salimos de casa tenemos que  hacerlo 20 minutos tarde, y todo porque él tiene muchísimas manías, cierra las ventanas 3 veces, ¡todas! Y de todas las habitaciones. Revisa si la vitrocerámica tiene el seguro puesto. Cierra la botella del gas, aunque ya esté cerrada, aunque la haya cerrado hace 40 segundos. Y después, ya después de todo llega el ritual de cerrar la puerta. ¡Maldigo el día que elegí una con dos cerraduras! Cierra cada una de ellas 9 veces, imagínese a qué hora vamos a venir [...] – La muchacha respiró, yo había estado observando la reacción de él durante toda la explicación. Siempre es recomendable no mirar a los ojos a una persona insegura si, realmente, queremos que se sienta cómoda para desvelarnos algo importante. En cambio, sí es productivo mirar a la persona fuerte a los ojos y descubrir como realmente existe un sufrimiento dentro apaciguado e inerte que pide a gritos auxilio. Esto es para entender la ambigüedad que pueda darse a la hora de conocer realmente el significado de las palabras “fuerte” y “débil”. A veces no existen personas que entren en ese rango de distinción, simplemente tienen altibajos moderados que nos indican una carencia de autodeterminación. Podríamos decir que ambos miembros de la pareja son, a la vez, fuertes y débiles. Estos fueron mis diagnósticos a priori en 15 minutos de sesión.
Pasé a estimular semanalmente a los señores Villarce con diferentes terapias que siempre utilizo para focalizar el problema y solucionarlo, esa es mi política “todo tiene solución”. Con el paso de las sesiones me di cuenta de muchas cosas. La primera terapia fue la de actitud, sometí a los pacientes a una encuesta en la que debían responder lo más sinceramente posible a cuánto estaban dispuestos a hacer por solucionar el conflicto. Ambos dieron un resultado muy positivo en cuanto la actitud por ello la primera terapia resultó un gran impacto positivo para mí. La segunda terapia es más complicada. Comienzo por algo que nos facilitará mucho el trabajo a la hora de negociar: qué es lo que queremos. Realmente ¿hasta donde estamos dispuestos a llegar?, y, por supuesto, ¿qué cosas no pensamos cambiar? Ambos tenían muchos aspectos que querían modificar y conocían muy bien los focos graves de problema pero se disipaban pequeños conflictos no tan bien establecidos, y justo en esos, cosas que no estaban dispuestos a alterar. Eran un caso difícil, pero nada que no se resolviera con horas de terapia. Ambos eran recién casados, llenos de ilusiones y de futuro, pero eran fruto del desgaste y la incomprensión causado por la imposibilidad de solucionar todos los problemas. Les estimulé mediante la empatía: cada uno de ellos pediría al otro lo que deseara y debía acceder, pero, a cambio debía compensarlo con un acto de bastante similitud. Pronto se dieron cuenta de que no les compensaban ciertas de estas ‘órdenes’ y que mediante las exigencias no se llegaba a ninguna parte. Ella estaba mucho más afectada en esta parte de la terapia, esto es algo a destacar para poder empezar a seleccionar en que ámbitos son más débiles y más fuertes cada uno de ellos. Les di dos consejos que él pareció captar a la perfección: la lucha de poderes no conduce a nada y negociar no es pelear. Entonces les expliqué que eran ellos dos los que debían aprender a resolver esos problemas y no dejarse guiar por familiares o amigos ya que si no aprendían a resolver los conflictos por ellos mismos vivirían en un círculo vicioso fomentado por los comentarios de personas externas al problema. Ambos admitieron haber pedido consejo y haberse desahogado en otras personas y, “ciertas veces”, indicaba él, eso les había conducido al conflicto. La negociación, el pacto, debían realizarlo los dos. Si uno de los dos no se mostraba de acuerdo debían hacer uno nuevo. Les pedí que se respetasen mutuamente, debían fomentar el autocontrol cuando les abordaba la ira y evitar hacer comentarios que pudieran herir a la otra persona. Finalmente les prohibí que provocaran un altercado por algo que ellos mismos habían supuesto o interpretado pero no existían pruebas de ello. Ambos aceptaron proseguir en la terapia.
Esta es la terapia que utilizo cuando me encuentro con un caso en el cual la relación pende de un hilo por desgaste (Sin infidelidades, nuevos conflictos o problemas realmente graves) debido a una exageración y prolongación de los problemas. Existen muchos casos así todos los días en esta y en muchas otras consultas. Quizá este podría ser tu caso.
Me pasé casi 10 meses conociendo a mis pacientes. Respondían a todos los patrones clínicos y, sin embargo, la terapia no les funcionaba. Lograban llegar a acuerdos que jamás conseguían cumplir y la terapia no avanzaba. Se anclaban en los mismos conflictos una y otra vez, los mismos focos, las mismas personas. Jamás pude entender como, a pesar de lo adecuadamente que progresaban en realizar sus ejercicios y comportarse mejor, eran incapaces de avanzar más allá de los mismos problemas que tenían desde antes de la boda.
Un día, exhausto con tanto trabajo, traspapelando encontré unas  hojas de notas que escribí y acabé perdiendo. Leí con detenimiento el informe con todos los diagnósticos clínicos de ésta pareja, los Villarce. Ese mismo día les llamé para decirles que había tenido una idea definitiva que resolvería todos sus problemas. Los cité a las 5:30 en mi consulta. Llegaron a las 5:55. Los cinco minutos extra eran por el cigarro que ella fumaba sentada en la puerta antes de entrar ya que, como me indicó, “no podía hacerlo andando”. Les invité a entrar, les indiqué las sillas y les leí un diagnóstico.
“El señor Moncho Villarce es una persona con una actitud algo atenuada. Presenta una inestabilidad emocional clara. Se define como positivo pero, realmente, no lo es de una forma duradera. Su pasado le ha formado como persona pero tiene muchos altibajos que le crearon miedos que jamás fue capaz de superar. La señora Leire Molina alberga un cúmulo de inseguridades de procedencia desconocida. Es muy sensible pero pierde los papeles con facilidad. Presenta algunos problemas de intolerancia frente a las ideas nuevas en cualquiera de sus ámbitos. Celosa posesiva.  Ambos pacientes son aptos para el cambio.”
Ambos se quedaron perplejos ante este pequeño diagnóstico que, aunque nunca suelo hacerlo para evitar que se molesten los pacientes, revelé. Dejé las hojas sobre la mesa y les dije –Señores Villarce han estado sometidos a meses de terapia para solucionar unos problemas que se dan con bastante frecuencia en todo tipo de pacientes. Nunca jamás había tardado tanto en una terapia y avanzado tan poco. Este informe que acabo de leerles por encima lo escribí cuando solo llevábamos 5 semanas de terapia, a penas hay cambios en los problemas realmente importantes. Verán, yo quería explicarles algo.- Les pedí que abriera su mente y no se negaran a reflexionar. Les sugerí que se dieran la mano y lo hicieron con una sonrisa.
-El amor es algo abstracto que no podemos definir con exactitud pero quiero que ustedes piensen en una relación de pareja como una pareja de baile. El amor es como un gran escenario sobre el que las parejas bailan. Cuando comienza la primera clase nadie se conoce y las parejas se forman en sentido aleatorio. Con el paso del tiempo cada uno va escogiendo la suya. Hay bailarines que no serán capaces de encontrar alguien con quien bailar e intentaran probar con alguno de ustedes porque, quizá, ya probaron antes y les pareció que podía funcionar. Aunque no lo hiciera, a veces la desesperación para encontrar una pareja para el baile de fin de curso puede causar conflictos. Si ambos estáis de acuerdo en que sois una pareja de baile sólida y estable comenzaremos a tomarnos el baile como algo más profundo. El problema de esto es que cuando es sincronizado siempre hay uno de los dos que da un mal paso, entonces hay que recuperar el ritmo. Hoy es la fiesta de graduación, la noche del baile. Vosotros dos os habéis cansado durante todo el curso, que es vuestra vida, de bailar con diferentes personas y no lograr establecer una pareja con la que, realmente, bailéis bien. Habéis llegado, incluso, a dudar en ocasiones de si realmente teníais la pareja que queríais tener y, a pesar de todos los conflictos que os causaba la diferencia de estatura y demás problemas que dificulten el baile, habéis accedido a bailar juntos. Pero ¿qué ha pasado? Hoy es el baile de graduación y ninguno de los dos está en el escenario. Os habéis cansado de bailar, de intentarlo y tropezar, una y otra vez. Pero estáis aquí los dos sentados en la puerta de la gran gala, observando el cielo y fumando. Ni si quiera os habéis vestido para la ocasión. Estáis aquí sentados sobrellevando la situación. Ninguno sabe bailar. Pero habéis logrado escaparos de la pista y estáis disfrutando de algo mucho más vil y sin valor. Estáis sentados, cogidos de la mano, fumando y mirando la luna. Preguntaros ahora, de todas esas personas que conocisteis en clase de baile, ¿cuántas estarían dispuestas a renunciar a todo para quedarse, simplemente, disfrutando de ese pequeño instante? El amor es como una gran pista de baile, tienes que aprender a bailar sincronizado con tu pareja y darlo todo el día de graduación, que es vuestro futuro juntos, pero vosotros, cansados de bailar, habéis preferido sentaros a ver la vida pasar. No tenéis ni un solo problema que no tenga solución pero os habéis  negado a aprender. Vosotros decidís, podéis seguir sentados disfrutando de la luna hasta que vuelva, de nuevo, el terrible sol. O podéis levantaros y seguir bailando toda la noche, a pesar de los pisotones y los tropiezos, hasta que salga el sol y aprender  a disfrutar de él.-
Ambos pacientes se miraron y se apretaron la mano. A partir de ese día los dos evolucionaron notablemente y aprendieron a ser capaces de solucionar todos y cada uno de sus problemas. Y vosotros, lectores, os preguntaréis ¿por qué? ¿qué motivó este cambio? Lo cierto es que mi terapia nunca falla, los que erraban eran ellos y la filosofía con la que se tomaban los ejercicios. Se pasaron toda la consulta “sentados” hartos de intentar bailar, tan solo repetían las cosas una y otra vez sin que funcionaran. Mecánicamente. Pero fue esa noche de la graduación, cuando se dieron cuenta de que estaban fuera de la fiesta mirando las estrellas, y que pasase lo que pasase, iban a aprender a bailar.

Espero de corazón que esta publicación les haya gustado y volvemos el mes que viene con un nuevo tema. Un cálido saludo y hasta pronto.

Doctor Ripoll.

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