Buenas a todos, hoy me dispongo a desvelar el peor
caso que se me presentó jamás, a petición popular de los lectores. Para los que
ya me conocen y para los que aún no, me presento: Soy el Dr. Ripoll, veterano
en psicología desde hace 32 años, especialista en problemas de pareja en casos
extremos. Alcancé la fama por mi eficacia a la hora de resolver todos los casos
que se me habían presentado hasta la fecha. En mi libro “Todo tiene solución”
plasmé muchos de estos casos y ayudé a cientos de parejas al borde del abismo a
retomar la marcha. Trabajo mensualmente en una revista digital comentando
muchos de mis desafíos basándome en pacientes reales. Hace unos meses realicé
una votación para desvelar uno de mis casos y, como ya he dicho, por petición
popular se me adjuntó el término “El peor de tus casos”. Es difícil escoger
dado que hay muchos problemas en cada uno de ellos, de índoles desconectadas
por completo y, realmente, no podría decir con precisión cuál de todos ellos es
peor. Al fin me decidí y como ya indiqué por las redes sociales hoy saldría la
historia que me puedo atrever a considerar peor, no por la situación de la
pareja en sí, quiero decir, dentro de los problemas meramente psicológicos,
sino por todo el tiempo que me costó resolverla ya que fracasaron en
absolutamente todas mis terapias. Espero
que sea de su agrado y la disfruten, un saludo a los lectores de la revista que
hacen posible esto.
Era viernes
por la tarde, un soleado día de mayo.
Tenía cita previa a las 6 con unos pacientes a los que nunca había tratado.
Venían por problemas de convivencia y comunicación, según me indicó el marido
por teléfono, aunque he de decir que no le vi muy convencido por teléfono.
Acudieron
a consulta a las 6:20, los escuché desde dentro discutiendo mientras llegaban.
Ella estaba tremendamente molesta porque llegaban tarde por su culpa. Él
agachaba la cabeza y apretaba los dientes conteniendo la respiración para no
entrar al trapo, pero era intuitivo el cansancio que le propinaba la
conversación, se leía entre líneas que, probablemente, llevarían los 20 minutos
de retraso a la cita manteniéndola. Les indiqué el asiento y les pedí que
cerraran la puerta. La joven se levantó, lo hizo y volvió a tomar asiento, tropezando
levemente, mientras le temblaban las manos. Les di un minuto para relajarse.
Esta pareja estaba recién casada, no llegaba
al año. Ella se llamaba Leire, 26 años, él Ramón, aunque prefería el nombre de Moncho,
tenía 27. Naturales de Asturias y Barcelona, respectivamente.
Me
presenté como el Doctor Ripoll y les expliqué que iba a realizarle una pregunta
a cada uno simultáneamente para descubrir el problema que originó la discusión.
No podían interrumpirse y mantendrían silencio mientras el otro contestaba.
Ambos accedieron.
-A ver,
señora Villarce, empezaré por usted- dije mientras observaba el rostro de él. –Dígame,
¿por qué han llegado tarde?- Ella estaba deseando hablar y no lo pensó ni un
minuto más. –Pues verá doctor, ¡siempre cierra la puerta 10 veces!- La
interrumpí con la mano para situarme, pues la respuesta me dejó algo
descolocada, la dejé proseguir – A ver Doctor, siempre que salimos de casa
tenemos que hacerlo 20 minutos tarde, y
todo porque él tiene muchísimas manías, cierra las ventanas 3 veces, ¡todas! Y de
todas las habitaciones. Revisa si la vitrocerámica tiene el seguro puesto.
Cierra la botella del gas, aunque ya esté cerrada, aunque la haya cerrado hace
40 segundos. Y después, ya después de todo llega el ritual de cerrar la puerta.
¡Maldigo el día que elegí una con dos cerraduras! Cierra cada una de ellas 9
veces, imagínese a qué hora vamos a venir [...] – La muchacha respiró, yo había
estado observando la reacción de él durante toda la explicación. Siempre es
recomendable no mirar a los ojos a una persona insegura si, realmente, queremos
que se sienta cómoda para desvelarnos algo importante. En cambio, sí es
productivo mirar a la persona fuerte a los ojos y descubrir como realmente
existe un sufrimiento dentro apaciguado e inerte que pide a gritos auxilio.
Esto es para entender la ambigüedad que pueda darse a la hora de conocer
realmente el significado de las palabras “fuerte” y “débil”. A veces no existen
personas que entren en ese rango de distinción, simplemente tienen altibajos
moderados que nos indican una carencia de autodeterminación. Podríamos decir
que ambos miembros de la pareja son, a la vez, fuertes y débiles. Estos fueron
mis diagnósticos a priori en 15 minutos de sesión.
Pasé a
estimular semanalmente a los señores Villarce con diferentes terapias que
siempre utilizo para focalizar el problema y solucionarlo, esa es mi política “todo
tiene solución”. Con el paso de las sesiones me di cuenta de muchas cosas. La
primera terapia fue la de actitud, sometí a los pacientes a una encuesta en la
que debían responder lo más sinceramente posible a cuánto estaban dispuestos a
hacer por solucionar el conflicto. Ambos dieron un resultado muy positivo en
cuanto la actitud por ello la primera terapia resultó un gran impacto positivo
para mí. La segunda terapia es más complicada. Comienzo por algo que nos
facilitará mucho el trabajo a la hora de negociar: qué es lo que queremos.
Realmente ¿hasta donde estamos dispuestos a llegar?, y, por supuesto, ¿qué
cosas no pensamos cambiar? Ambos tenían muchos aspectos que querían modificar y
conocían muy bien los focos graves de problema pero se disipaban pequeños
conflictos no tan bien establecidos, y justo en esos, cosas que no estaban
dispuestos a alterar. Eran un caso difícil, pero nada que no se resolviera con
horas de terapia. Ambos eran recién casados, llenos de ilusiones y de futuro,
pero eran fruto del desgaste y la incomprensión causado por la imposibilidad de
solucionar todos los problemas. Les estimulé mediante la empatía: cada uno de
ellos pediría al otro lo que deseara y debía acceder, pero, a cambio debía
compensarlo con un acto de bastante similitud. Pronto se dieron cuenta de que
no les compensaban ciertas de estas ‘órdenes’ y que mediante las exigencias no
se llegaba a ninguna parte. Ella estaba mucho más afectada en esta parte de la
terapia, esto es algo a destacar para poder empezar a seleccionar en que
ámbitos son más débiles y más fuertes cada uno de ellos. Les di dos consejos
que él pareció captar a la perfección: la lucha de poderes no conduce a nada y
negociar no es pelear. Entonces les expliqué que eran ellos dos los que debían
aprender a resolver esos problemas y no dejarse guiar por familiares o amigos
ya que si no aprendían a resolver los conflictos por ellos mismos vivirían en
un círculo vicioso fomentado por los comentarios de personas externas al
problema. Ambos admitieron haber pedido consejo y haberse desahogado en otras
personas y, “ciertas veces”, indicaba él, eso les había conducido al conflicto.
La negociación, el pacto, debían realizarlo los dos. Si uno de los dos no se
mostraba de acuerdo debían hacer uno nuevo. Les pedí que se respetasen
mutuamente, debían fomentar el autocontrol cuando les abordaba la ira y evitar
hacer comentarios que pudieran herir a la otra persona. Finalmente les prohibí
que provocaran un altercado por algo que ellos mismos habían supuesto o
interpretado pero no existían pruebas de ello. Ambos aceptaron proseguir en la
terapia.
Esta es
la terapia que utilizo cuando me encuentro con un caso en el cual la relación
pende de un hilo por desgaste (Sin infidelidades, nuevos conflictos o problemas
realmente graves) debido a una exageración y prolongación de los problemas.
Existen muchos casos así todos los días en esta y en muchas otras consultas.
Quizá este podría ser tu caso.
Me pasé
casi 10 meses conociendo a mis pacientes. Respondían a todos los patrones
clínicos y, sin embargo, la terapia no les funcionaba. Lograban llegar a
acuerdos que jamás conseguían cumplir y la terapia no avanzaba. Se anclaban en
los mismos conflictos una y otra vez, los mismos focos, las mismas personas.
Jamás pude entender como, a pesar de lo adecuadamente que progresaban en
realizar sus ejercicios y comportarse mejor, eran incapaces de avanzar más allá
de los mismos problemas que tenían desde antes de la boda.
Un día,
exhausto con tanto trabajo, traspapelando encontré unas hojas de notas que escribí y acabé perdiendo.
Leí con detenimiento el informe con todos los diagnósticos clínicos de ésta
pareja, los Villarce. Ese mismo día les llamé para decirles que había tenido
una idea definitiva que resolvería todos sus problemas. Los cité a las 5:30 en
mi consulta. Llegaron a las 5:55. Los cinco minutos extra eran por el cigarro
que ella fumaba sentada en la puerta antes de entrar ya que, como me indicó, “no
podía hacerlo andando”. Les invité a entrar, les indiqué las sillas y les leí
un diagnóstico.
“El señor Moncho Villarce es una persona con
una actitud algo atenuada. Presenta una inestabilidad emocional clara. Se
define como positivo pero, realmente, no lo es de una forma duradera. Su pasado
le ha formado como persona pero tiene muchos altibajos que le crearon miedos
que jamás fue capaz de superar. La señora Leire Molina alberga un cúmulo de
inseguridades de procedencia desconocida. Es muy sensible pero pierde los papeles
con facilidad. Presenta algunos problemas de intolerancia frente a las ideas
nuevas en cualquiera de sus ámbitos. Celosa posesiva. Ambos pacientes son aptos para el cambio.”
Ambos
se quedaron perplejos ante este pequeño diagnóstico que, aunque nunca suelo
hacerlo para evitar que se molesten los pacientes, revelé. Dejé las hojas sobre
la mesa y les dije –Señores Villarce han estado sometidos a meses de terapia
para solucionar unos problemas que se dan con bastante frecuencia en todo tipo
de pacientes. Nunca jamás había tardado tanto en una terapia y avanzado tan
poco. Este informe que acabo de leerles por encima lo escribí cuando solo
llevábamos 5 semanas de terapia, a penas hay cambios en los problemas realmente
importantes. Verán, yo quería explicarles algo.- Les pedí que abriera su mente
y no se negaran a reflexionar. Les sugerí que se dieran la mano y lo hicieron
con una sonrisa.
-El
amor es algo abstracto que no podemos definir con exactitud pero quiero que
ustedes piensen en una relación de pareja como una pareja de baile. El amor es
como un gran escenario sobre el que las parejas bailan. Cuando comienza la
primera clase nadie se conoce y las parejas se forman en sentido aleatorio. Con
el paso del tiempo cada uno va escogiendo la suya. Hay bailarines que no serán
capaces de encontrar alguien con quien bailar e intentaran probar con alguno de
ustedes porque, quizá, ya probaron antes y les pareció que podía funcionar.
Aunque no lo hiciera, a veces la desesperación para encontrar una pareja para
el baile de fin de curso puede causar conflictos. Si ambos estáis de acuerdo en
que sois una pareja de baile sólida y estable comenzaremos a tomarnos el baile
como algo más profundo. El problema de esto es que cuando es sincronizado
siempre hay uno de los dos que da un mal paso, entonces hay que recuperar el
ritmo. Hoy es la fiesta de graduación, la noche del baile. Vosotros dos os
habéis cansado durante todo el curso, que es vuestra vida, de bailar con
diferentes personas y no lograr establecer una pareja con la que, realmente, bailéis
bien. Habéis llegado, incluso, a dudar en ocasiones de si realmente teníais la
pareja que queríais tener y, a pesar de todos los conflictos que os causaba la
diferencia de estatura y demás problemas que dificulten el baile, habéis accedido
a bailar juntos. Pero ¿qué ha pasado? Hoy es el baile de graduación y ninguno
de los dos está en el escenario. Os habéis cansado de bailar, de intentarlo y
tropezar, una y otra vez. Pero estáis aquí los dos sentados en la puerta de la
gran gala, observando el cielo y fumando. Ni si quiera os habéis vestido para
la ocasión. Estáis aquí sentados sobrellevando la situación. Ninguno sabe
bailar. Pero habéis logrado escaparos de la pista y estáis disfrutando de algo
mucho más vil y sin valor. Estáis sentados, cogidos de la mano, fumando y
mirando la luna. Preguntaros ahora, de todas esas personas que conocisteis en
clase de baile, ¿cuántas estarían dispuestas a renunciar a todo para quedarse,
simplemente, disfrutando de ese pequeño instante? El amor es como una gran
pista de baile, tienes que aprender a bailar sincronizado con tu pareja y darlo
todo el día de graduación, que es vuestro futuro juntos, pero vosotros,
cansados de bailar, habéis preferido sentaros a ver la vida pasar. No tenéis ni
un solo problema que no tenga solución pero os habéis negado a aprender. Vosotros decidís, podéis
seguir sentados disfrutando de la luna hasta que vuelva, de nuevo, el terrible
sol. O podéis levantaros y seguir bailando toda la noche, a pesar de los
pisotones y los tropiezos, hasta que salga el sol y aprender a disfrutar de él.-
Ambos
pacientes se miraron y se apretaron la mano. A partir de ese día los dos
evolucionaron notablemente y aprendieron a ser capaces de solucionar todos y
cada uno de sus problemas. Y vosotros, lectores, os preguntaréis ¿por qué? ¿qué
motivó este cambio? Lo cierto es que mi terapia nunca falla, los que erraban
eran ellos y la filosofía con la que se tomaban los ejercicios. Se pasaron toda
la consulta “sentados” hartos de intentar bailar, tan solo repetían las cosas
una y otra vez sin que funcionaran. Mecánicamente. Pero fue esa noche de la
graduación, cuando se dieron cuenta de que estaban fuera de la fiesta mirando
las estrellas, y que pasase lo que pasase, iban a
aprender a bailar.
Espero
de corazón que esta publicación les haya gustado y volvemos el mes que viene
con un nuevo tema. Un cálido saludo y hasta pronto.
Doctor Ripoll.

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